Rafael Bitrán abrió hace casi 35 años su librería El Debate sobre Avenida Pueyrredón, en Buenos Aires. Fue allí donde comenzó a coleccionar figuritas, una pasión que lo ha llevado a reunir un acervo que incluye piezas desde 1890 hasta 1985, cuando decidió detener su búsqueda. Docente de Historia, escritor de seis libros —dos dedicados a figuritas, uno de ellos sobre Boca, otro de sus intereses principales— Bitrán define su tarea de forma precisa: "Coleccionar es como un trabajo de arqueología urbana, rescatar cosas del pasado que están medio perdidas".
Para Bitrán, la esencia del coleccionismo no radica en la acumulación ni en el dinero invertido. "Tengo muchas figuritas y me gusta; me divierto, canjeo y compro, no es una cuestión de saber cuánto tengo en términos acumulativos, sino ir disfrutando el camino", explica. El verdadero placer, insiste, está en la búsqueda: localizar dónde se encuentra aquello que se ansía, "eso es lo más apasionante". Y aclara que estas piezas antiguas no tienen un valor de mercado fijo, lo que las hace aún más interesantes que las figuritas modernas.
Su colección cuenta con reliquias extraordinarias. Las más antiguas provienen de paquetes de cigarrillos y datan de 1890. Entre las más difíciles que logró conseguir figuran Carrascosa de 1976, La Monachita de 1974, Maier de 1977 y Mwanza Mukombo, jugador de Zaire que participó en el Mundial de Alemania 1974. Esta última resulta particularmente bizarra: Zaire era un país que ya no existe y nunca más volvió a participar en un Mundial.
Bitrán señala una paradoja histórica: Argentina tuvo su primer álbum sistemático de figuritas mundialistas en 1974, pero luego no hubo producción en 1982 ni 1986. Recién en 1990, cuando Panini compró los derechos, comenzó un sistema regular. En cambio, en Mundiales anteriores como 1962, 1966 y 1970, los álbumes locales de fútbol incluían suplementos con selecciones participantes.
Las figuritas han cambiado drásticamente. Antes salían en cigarrillos, chocolates y caramelos hasta 1940, sin sobres individuales. Los premios eran sustanciales: bicicletas, e incluso en el álbum Poni de 1952, quien completaba el álbum ganaba un poni vivo. Hoy, aunque hay más figuritas que nunca, casi no hay premios. Las figuritas modernas son más uniformes en formato y las "difíciles" son productos comercializados deliberadamente por empresas como Panini, que saca ediciones con bordes, dorados o autografiadas, generando "subastas" numeradas. Para Bitrán, son dos mundos conceptualmente distintos.
Como historiador, reflexiona sobre la sociedad actual. La ansiedad por completar colecciones responde a un patrón más amplio: tecnología que multiplica las posibilidades productivas, un mercado que genera permanente insatisfacción. Cita al filósofo Zygmunt Bauman y su concepto de "sociedad líquida", donde el consumo se reproduce incesantemente. La concentración de riqueza a nivel mundial se acompaña de lo que llama "pauperización relativa": gente más explotada pero que subsiste lo suficiente para mantener el sistema funcionando.
Sobre el límite entre coleccionismo y obsesión, Bitrán es claro: "Muchas veces el coleccionismo se transforma en obsesivo y termina siendo una patología. Yo lo vivo bastante tranquilo que no lo crucé, porque aunque me apasiona, tengo un montón de otras cosas en mi vida mucho más importantes que coleccionar figuritas".

