Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen completaron la primera misión tripulada alrededor de la Luna en más de medio siglo a bordo de la nave Orión. Lo que casi nadie destacó es que su seguridad dependió de un quinto miembro de la tripulación: un sistema de inteligencia artificial que operó en paralelo con las decisiones humanas durante todo el trayecto.
El contraste con el Apolo 11 resulta revelador. En 1969, la computadora de la misión lunar tenía 64 kilobytes de memoria y seis ingenieros en Houston monitoreaban cada variable a mano. Los astronautas confiaban en quienes habían diseñado la máquina. En Artemis II, Orión opera con sistemas de procesamiento redundantes capaces de gestionar millones de líneas de código por segundo. Los algoritmos de navegación autónoma corren sin supervisión directa desde tierra en los momentos críticos.
La IA cumplió cuatro funciones específicas. Primero, detección de anomalías: el sistema SIAT, desarrollado por la japonesa NEC Corporation e integrado en Orión, procesó datos de más de 150.000 sensores y mapeó más de 22.000 millones de relaciones lógicas entre sistemas. Identificaba cambios sutiles en distribución de energía, soporte vital y estructura antes de que se convirtieran en problemas.
Segunda función: navegación autónoma. Orión utilizó sensores inerciales y estelares para calcular su posición y velocidad sin esperar instrucciones desde Houston. Once cámaras instaladas por Redwire alimentaban en tiempo real el cálculo de la nave respecto a la Tierra. Tercera: soporte vital. El sistema analizaba variables críticas y anticipó eventos de radiación solar, activando protocolos de protección antes de que los astronautas los detectaran.
La cuarta área involucró comunicación por voz. A través del sistema Callisto, desarrollado por Lockheed Martin y Amazon, Alexa fue integrada en la consola central de Orión, conectada a la Red del Espacio Profundo, permitiendo interfaz de voz entre astronautas y operadores en el Centro Espacial Johnson.
El momento más exigente llegó al reingreso. Cuando la nave perdió contacto temporal con control, la IA permitió navegación autónoma sin asistencia directa desde tierra. No había alternativa: a esa distancia, una señal de radio tarda más de un segundo en llegar.
El modelo operativo de Orión refleja una tendencia más amplia. Un estudio reciente en Harvard Business Review, basado en grupos de trabajo con más de 50 presidentes y vicepresidentes de grandes corporaciones, describe cómo la IA puede contribuir a directorios analizando información en tiempo real y participando activamente sin ser el último decisor. En 2024, Aiden Insight, un sistema de G42, fue incorporado como observador formal en el directorio de International Holding Company en Abu Dabi, con voz pero sin voto. La misma dinámica de colaboración que Wiseman experimentó a 400.000 kilómetros de la Tierra.

